Un día de muchos, sin nada en particular, el enciende su computadora; checa su correo electrónico y lee las noticias del día.
Un correo se asoma como anormal, al descubrirse – no reenviado- y al abrirse, recuerda en el, los tiempo en que algunas chicas querían conocerle gracias a su afición a la publicación de versos y prosas malhechos, repletos de pretensión.
La carta mencionaba halagos que el no resiste, horarios, fechas y sexuales intenciones de parte de una admiradora, que acaba de mudarse a Tijuana.
“Imagino que no quieres un compromiso, yo solo pido conocerte y pasar un rato chingón”. El dudo y eligió.
Hace arreglos para que su mujer no sospeche y tenga un sábado por la noche libre. Busca un buen hotel y reserva. Un buen bar y arregla todo.
Su mujer, queda en casa, el lamenta un poco el no cumplir a sus compromisos aceptados y digeridos (solo un poco), intercambiados por un amor tácito y constante.
Se presenta en el bar, esperando a una mujer deseosa de conocerle, deseosa de sexo, deseosa de cosas…
Espera una chica con vestido negro, de cabello corto rubio.
Ella entra. Y es su mujer.
Las explicaciones no valdrán de nada, pues las dudas de su mujer se afirman: El nunca cambiara, por mas que lo desee, intente, a pesar de todo, el seguirá solo. Y feliz.
REFUGIADO ANTE LLUVIA ÁCIDA, EN TIEMPOS COMPLEJOS, EL ATEO LO ESCRIBIÓ ASÍ...

